Detrás de cada estructura de Lucho Baruja Parques Infantiles hay mucho más que un emprendimiento comercial. Hay una historia personal, atravesada por la memoria y transformada en un proyecto con profundo sentido humano. La empresa lleva el nombre de Lucho, el hermano menor de Diego Baruja, fallecido a temprana edad, cuya ausencia se convirtió en el motor de una iniciativa que hoy se traduce en juegos, colores y sonrisas para cientos de niños en todo el país.
Desde sus inicios, la firma se propuso diferenciarse por la calidad del trabajo y el trato cercano. “Primero que nada, con nosotros encuentran calidad y atención”, señala Baruja, remarcando que el vínculo con el cliente es parte esencial del proceso. La empresa apuesta al contacto directo, ya sea en el taller, en la oficina o en el lugar donde se desarrollará el proyecto. En muchos casos, es el propio propietario quien se traslada para conocer el espacio y dialogar personalmente sobre cada detalle. “Muchas veces el cliente solicita mi presencia, y yo me voy para que podamos ver todos los detalles de lo que vamos a trabajar”, explica.
El proceso creativo parte de una idea inicial aportada por el cliente, que luego se transforma en un diseño concreto mediante el diálogo y el consenso. “Nos dan una idea, trabajamos sobre eso y después llegamos a un acuerdo”, resume Baruja, destacando la capacidad de adaptación como uno de los sellos de la empresa.
Fundada en 2015, Lucho Baruja Parques Infantiles se especializó desde el comienzo en la fabricación e instalación de parques infantiles, que siguen siendo su principal producto. Con el tiempo, el catálogo se amplió para incluir casitas infantiles y casas de árbol, propuestas que apelan directamente a los sueños de la infancia. “Más de uno, cuando era chico, pensaba: yo quiero una casita en el árbol. Eso es lo que hoy cumplimos con los chicos y con las familias”, expresa.
El año 2025 significó un punto de inflexión. Para Baruja, fue “un boom”, marcado por una expansión sostenida y trabajos realizados en numerosos puntos del país. Más allá del crecimiento territorial, resalta el impacto emocional de su labor: llegar a lugares donde el juego no siempre estuvo garantizado.
Una de las experiencias más significativas se dio en Puerto Casado, donde la empresa instaló parques infantiles para comunidades indígenas. Allí, un niño fue el primero en subirse a una de las estructuras sin conocer aún lo que era un parque de juegos. “Se me eriza la piel al contar esto”, confiesa Baruja, al recordar la emoción de ver a los niños descubrir, por primera vez, ese espacio lúdico. “Fue una satisfacción increíble, tanto para ellos como para nosotros”.
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El crecimiento de la empresa se apoya en el uso de las plataformas digitales, pero también en la recomendación directa de los clientes. “No hay mejor marketing que el boca a boca”, afirma, orgulloso de recibir nuevos pedidos que llegan por recomendación de familias satisfechas.
Actualmente, el taller emplea a más de diez personas, todas jóvenes, organizadas en equipos que trabajan de manera simultánea en distintos puntos del país. “Somos un grupo de jóvenes y rompimos ese tabú”, sostiene Baruja, destacando el compromiso y la capacidad del equipo para sostenerse en un mercado exigente desde hace ya una década.
En un rubro aún poco explorado a nivel nacional, la empresa logró consolidarse gracias a la experiencia acumulada, la inversión constante y una clara apuesta por la calidad. De cara a 2026, el objetivo es claro: “seguir creciendo, llegar a más gente y hacer felices a muchísimos niños”.
Así, lo que comenzó como un pequeño taller y una idea distinta terminó convirtiéndose en una empresa que no solo construye parques infantiles, sino que también edifica recuerdos, honra una memoria familiar y deja huellas de alegría allí donde llega.

